Rutas Marruecas

Herboristas: la magia de la naturaleza

Josep Lluís Mateo Dieste | 31 julio 2019

En un país como Marruecos, donde las familias dedican una gran parte de su presupuesto a solucionar problemas de salud, con un sistema de salud pública corrupto e insuficiente, las trayectorias curativas y terapéuticas de la población media son muy diversas y plurales. Entre ellas se halla, sin duda alguna, la herboristería tradicional. Pero el recurso a este sistema médico no responde en sí a la ausencia de un Estado del bienestar sino al peso de unos arraigados conocimientos del entorno natural y a los usos pragmáticos de las plantas, como confluencia de los saberes árabes, bereberes, judíos y negro-africanos. Para conocer mejor estas prácticas y los factores sociales que las conforman inicié hace años una aventura entre curanderos, alfaquíes, sufíes y otros especialistas que dio lugar a la publicación del libro Salud y ritual en Marruecos, del que presento aquí un extracto actualizado para acompañar este viaje al mundo de los herboristas.

Calle ‘Attarin de Tetuán, donde se concentran la mayoría de herboristas. Foto: J.L. Mateo.

Venta de productos de magia, junto al balneario de Fezzuan (Rif oriental). Foto: J.L. Mateo.

En los zocos del campo o de la ciudad no faltan las tiendas de hierbas (‘achub), droguería y perfumes (‘attar), que desempeñan múltiples funciones terapéuticas. El viajero habrá visto estas llamativas tiendas repletas de hierbas, minerales y animales disecados, entre sugerentes olores y multicolores presentaciones. Y es que en estos herboristas convergen diversos sistemas médicos y no es posible hacerlos encajar únicamente en uno de ellos. En ocasiones hallamos tiendas fijas, en otras, tenderetes dentro del mercado semanal, o puestos junto a santuarios, donde se venden productos de farmacopea tradicional marroquí y de medicina islámica, pero también de magia y brujería, incluidos los elementos rituales necesarios para la visita a los santuarios, o para la organización de cultos de posesión de cofradías sufíes y extáticas, como los ‘Isawa o los Gnawa. Ello explica la venta de velas e inciensos específicos, como el jawi, para cada tipo de genios, que se alumbran y queman en las lilas o noches de trance. Los inciensos se depositan en la tabkhira, un hornillo de terracota, con carbón, que también se emplea para fumigar la casa y limpiar los espacios del mal de ojo y las malas presencias.

Ritual del ‘ada o entrada en la casa con las ofrendas rituales para los genios en una lila Gnawa. Foto: J.L. Mateo.

Ofrendas rituales. Fotos: Alex Moreno.

Además de vender estos productos rituales y aconsejar sobre las propiedades curativas de las sustancias naturales, los herboristas también son visitados por las mujeres, sus principales clientes, para recabar productos destinados al cuidado del cuerpo, como jabones, cremas o aceites, el khul para los ojos, la alheña para fortalecer y decorar la piel, o la raíz de nogal, siwak, para reforzar las encías.

En los últimos decenios, el comercio al por mayor y la aparición de herboristas sin una formación ha transformado la profesión. Antiguamente, el propio herborista tenía un gran conocimiento de sus productos y se ocupaba personalmente de recogerlos en el campo y de transformarlos. Esta formación, ya en recesión, se transmitía a menudo de padres a hijos, y se complementaba con la consulta de tratados tradicionales de farmacopea y botánica, como el andalusí Ibn Abdun (s. XI), o compendios célebres como el de Ibn al-Baythar, Tratato de simples (1240-1248). En una encuesta a 200 herboristas y alfaquíes marroquíes, el investigador Jamal Bellakhdar observó que la gran mayoría poseía el Tadkirat de al-Antaki, el Keshf al-rumûzde al-Jazairi, y el Kitab al-rahma de al-Suyuti. Otros herboristas eran analfabetos o simplemente se dedicaban a la venta de hierbas, sin un conocimiento profundo de estas. El herborista más formado está en disposición de elaborar jarabes, pócimas, ungüentos y pastillas, y de buscar el material más adecuado para una curación, de acuerdo con una taxonomía de sustancias naturales, clasificadas según el grado de frío, calor, humedad y sequedad, que distingue diversos grados, y de acuerdo con la medicina árabe humoral, que tiene las mismas raíces que la medicina humoral greco-romana. Antiguamente la posología se calculaba de manera precisa, pero los herboristas contemporáneos mezclan las sustancias con medidas aproximadas. En mis observaciones de Tetuán, los herboristas calculan las medidas con balanzas pero mayoritariamente con las manos, según el tamaño de los puñados y los pellizcos.

Vegetales y minerales se entremezclan con el siwak, para limpiar dientes, o soportes metálicos para la elaboración de amuletos. Foto: J.L. Mateo.

Fotos: Alex Moreno.

Los herboristas siguen, pues, un acerbo de conocimientos vinculado a la tradición humoral, común con el mundo antiguo, que clasifica las enfermedades de forma dual, en frías y calientes, y que son concebidas como un desequilibrio en los humores del cuerpo. A partir de ahí, y para restablecer ese equilibrio, el especialista acude a otra taxonomía de sustancias vegetales, animales y minerales, clasificadas según su grado de frío o calor, y sus efectos curativos tanto sobre aflicciones «corporales» como sobre aflicciones «sobrenaturales», ocasionadas por los genios, el mal de ojo o la magia. El recetario es muy extenso y comprende un amplio elenco de sustancias que se tomarán solas, o mezcladas en alimentos. En el recetario de los herboristas marroquíes se han contabilizado hasta 270 drogas, aunque la mayoría de fórmulas se basan en una treintena de ellas. El compilatorio de Jamal Bellakhdar recogió 694 productos, donde predominan los procedentes del mundo vegetal, mayoritariamente de origen silvestre, seguidos de lejos por productos del reino animal, y finalmente del reino mineral.

Pieles y animales disecados continúan siendo ingredientes básicos para confeccionar fórmulas mágicas, a pesar de las nuevas legislaciones dedicadas a proteger especies en peligro de extinción. Foto: J.L. Mateo y Alex Moreno.

Se calcula que estos casi 700 productos pueden dar lugar a 2800 usos, entre los que predominan las aplicaciones terapéuticas y curativas. No hay que olvidar tampoco el papel de las sustancias tóxicas, empleadas como abortivos o para el envenenamiento, una técnica conocida como tkal. Otra parte importante de esos usos se destina a la elaboración de alimentos, ya que muchas especias que forman parte de la dieta cotidiana marroquí albergan propiedades muy saludables y digestivas, como el comino. Pero el sujeto receptor de estas sustancias no es sólo humano; hasta un centenar de fórmulas se destinan al bienestar y curación de animales y ganado.

Las indicaciones terapéuticas de estos productos cubren un amplio elenco de ámbitos: aplicaciones antiparasitarias y digestivas, cuidados de piel, cabello y belleza, patologías ginecológicas, abortivos, enfermedades bronco-pulmonares, reconstituyentes, patologías buco-dentales, oculares, afrodisíacos, analgésicos y antiinflamatorios, depurativos o regulación de patologías cardiovasculares. En realidad, el uso de sustancias para fines mágico-simbólicos no llega a una décima parte del total, en contra de la percepción inicial de que ocuparían un lugar más destacado en el recetario. El predominio de fórmulas humorales indica además el fuerte arraigo de esta interpretación del cuerpo entre los conocimientos cotidianos de la población, especialmente de las mujeres mayores.

A la clasificación de plantas y hierbas en frías y calientes, se añaden otros criterios como la sequedad y la humedad, e incluso el género masculino o femenino que designa a la hierba. En algunas ocasiones, los nombres de las plantas aluden a mitos y leyendas, a los propios usos que se hagan de las mismas, o a su aspecto externo, de acuerdo con la teoría de los signos. La acacia (acacya cyclops) recibe el nombre de ‘ayn dab, «ojo de chacal», símbolos que evocan el uso de la planta para fines mágicos; o la mandrágora, bayd al-gul, «huevos de ogro», insinuando su veneno mortal. Un importante número de sustancias se consumen también como productos alimenticios básicos, especialmente en el caso de las especias. Una de las más reputadas y conocidas en la cocina es el ras al-hanut, una mezcla de hasta más de 20 especias, que originalmente había tenido usos palaciegos: su inclusión en la dieta permitía evitar o contrarrestar el efecto de eventuales envenenamientos vertidos sobre la comida de los notables.

Herborista y alfaquí «populares», con el autor. Foto: Mi amigo Abdelwahid, el joyero, conocedor de mil historias secretas de herboristas, que hoy no vamos a contar.

Muchas hierbas y especias presentan una alta multifuncionalidad. Pueden ser empleadas como base para productos de belleza y cuidado del cuerpo, como en el caso del henna, las lavandas, el agua de rosas o la flor de azahar, y al mismo tiempo ser usadas por sus efectos humorales. Por ejemplo, el timor y la lavanda, clasificadas como especias calientes, serían adecuadas para la circulación de la sangre y para los músculos, mientras que las hojas de rosa y la flor de azahar, clasificadas como frías, provocan debilitamiento y relajación, y de hecho se usan como abortivos. Las enfermedades calientes, como la fiebre y el dolor de cabeza son tratadas con hierbas frías y húmedas. Y las enfermedades frías, como el reumatismo o la impotencia sexual, conocida también como «frío» (bard), se combaten con combinaciones de calor, como una de las fórmulas más renombradas, el maskhun («calentado»), a base de pimienta, jengibre y comino.

Junto a la tradición humoral adoptada por los clásicos de la medicina árabe, también encontramos referencias religiosas, derivadas del Corán o de los hadiz, sobre el uso de plantas y sustancias naturales para la curación de enfermedades. Entre estas plantas referidas por la medicina profética encontramos la henna, el mastuerzo o la alharma, con propiedades antibacterianas, anti-hongos, antivirales y alucinógenas. Los textos relativos a las plantas expresan la idea de que Alá creó enfermedades al tiempo que también envió los remedios. Así, un hadiz de Muslim reza que «la habba sawdalo cura todo excepto la muerte». La habba sawdao arañuela (Nigella sativa) se ha convertido en una panacea para diversos tipos de enfermedades, tratadas a partir de los granos negros que se extraen de la planta y su elaboración posterior en polvo y aceites, mezclados con múltiples sustancias como la miel. Su enorme versatilidad ha sido enumerada en ricos y abundantes recetarios, y en Marruecos se la emplea en forma de polvo molido, inhalado, como diurético, contra gripes, migrañas, sinusitis, afecciones pulmonares o asma; en forma de pomada contra verrugas, despigmentación, herpes, parálisis facial o de los miembros; en fumigaciones o supositorios (hubbus) contra hemorroides; en polvo, para dolores dentales; por vía oral, como galactógeno, vermífugo, antináuseas… En el mercado marroquí actual se pueden encontrar dos calidades del producto muy diferenciadas: recipientes de menor calidad, producidos en Marruecos o en otras zonas del Magreb; y recipientes procedentes de Arabia Saudí, mucho más caros y apreciados.

La simbología botánica inspirada en el Islam rememora plantas y olores extraordinarios que se encontrarían en el paraíso, mientras que sitúa en el infierno determinados árboles fétidos y amargos, cuyos frutos son como cabezas de demonios; una de estas descripciones se corresponde con el árbol zaqqum (Balanites aegyptiaca), de gran resistencia y que se encuentra en zonas desérticas. Entre los árboles y plantas identificadas con el paraíso se hallan el granado, el manzano, la vid y el mastuerzo. Algunas plantas que inicialmente se usaban de acuerdo con la lógica humoral también han sido manipuladas por determinados herboristas para solucionar enfermedades derivadas de la magia. Es el caso de la coloquíntida (Citrullus colocynthis, ár., haja), contra migrañas, asma y dolores articulares, y que en la actualidad se emplea en recetas de magia. Para estas recetas de magia, las fórmulas se componen, entre otros elementos, de hierbas, especias, minerales, animales, o partes y sustancias del cuerpo humano de la persona implicada (uñas, cabello, sangre, semen…). En algunos casos, se venden hasta kits empaquetados para frenar el mal de ojo o la acción de los genios, a base de hierbas como el mastuerzo (harmel), resinas, como el fassukh, o minerales como el alumbre (shebba).

Henna.

Una de las plantas más usadas, no sólo por herboristas y especialistas tradicionales, sino también por la población en general, es la alheña (henna). Su presencia es fundamental en ritos de paso como la boda o la circuncisión. Se atribuye su uso al profeta Ibrahim, que se cubría el cuerpo con henna para evitar el vértigo. Otra tradición atribuye su uso a Fatima, la hija del profeta Muhammad, el día de su boda. La henna se usa en forma de polvo, tras secar y pulverizar sus hojas. Dicho polvo se mezcla en un bol con agua caliente, zumo de limón o sustancias aromáticas, como el clavo y la pimienta. En el momento de su aplicación adquiere un color verde, pero al cabo de unas horas presenta un color rojizo. A efectos de salud y curación, la henna sería una planta caliente, y al recién nacido se le cubría con henna para mantener el calor corporal; y en tanto que hemostática, se aplicaba como cicatrizante tras la circuncisión. La henna también es usada como producto de belleza, para teñir el pelo, al tiempo que transmite la baraca a quien la usa. No es de extrañar que, dadas estas atribuciones simbólicas de protección, la gente marque manos teñidas con henna en las paredes de la casa, en muros y puertas, para auyentar el mal.

Entre las sustancias curativas naturales podemos incluir igualmente a los perfumes. La tradición atribuye propiedades terapéuticas diversas a los olores. Por ejemplo, Abchichi, retomando a Galeno, atribuía a las siguientes esencias diversas propiedades curativas: el almizcle como fortificador del corazón; el ambre, del cerebro; el alcanfor, de los pulmones; la ghaliyah (mezcla de almizcle, ambre, alcanfor y resina), del resfriado cerebral; y el sándalo, contra los tumores.

Tienda de productos islámicos para nuevas y viejas visiones del bienestar corporal.

El panorama de productos aquí descrito, y hasta la propia estética de los comercios de herboristas, está sufriendo una importante transformación en los últimos años. Por un lado, se está produciendo un crecimiento en la producción industrial de productos etiquetados paradójicamente como «naturales». Por otro lado, asistimos desde los años 1990 al crecimiento de un islam globalizado que homogeniza ideas y prácticas religiosas. En este revival ocupa un lugar central lo que se conoce como «medicina islámica» o «medicina profética» (tibb al-nabawi), inspirada en los hadices («dichos y hechos del Profeta»). Ese corpus medicinal antiguo es una mezcla de la medicina humoral, con las recomendaciones del Profeta en materia de consumo de alimentos como la miel, la práctica de la sangría o el poder de la recitación coránica. Las nuevas tecnologías y la globalización de un islam centrado en el marketing, han difundido una serie de productos que compiten con el herborista «tradicional». Se trata de medicamentos principalmente de producción industrial, empaquetados, y que se presentan como auténticamente islámicos, con referencias a la sunna y a esa medicina Profética –incluso en algún frasco leemos en la versión inglesa de la etiqueta el nombre «Sweet Sunnah»-. Ello ha dado lugar a la aparición de nuevos modelos de tiendas basadas en estos principios y estética, acompañados además de otros productos como libros religiosos, alfombras, rosarios y prendas de ropa supuestamente más adecuadas a la sunna. Incluso los vendedores han adaptado su presentación corporal a estos modelos, con barbas y túnica. O han crecido los vendedores ambulantes que se desplazan por la ciudad vendiendo sus productos, baratos y de calidad dudosa, en carritos de bebé reciclados, atrayendo a sus clientes con altavoces que recitan el Corán.

Un islam en movimiento.

Los herboristas deben afrontar además otro tipo de retos, procedentes de las nuevas regulaciones del campo médico, o las propias que afectan a la prohibición de caza y comercialización de determinadas especies animales en extinción. La regulación de las sustancias animales ha limitado en teoría la recolección de productos de origen animal, pero estos siguen utilizándose en los rituales. En este contexto dinámico, los herboristas tradicionales también se adaptan a los nuevos tiempos e incorporan algunos de los citados productos, desde la retórica islamizante, hasta las nuevas modas y modelos estéticos que afectan a las nociones de feminidad. Las adaptaciones locales de los estándares globales de belleza generan nuevas necesidades y demandas de productos, fieles a nociones hegemónicas, como la valoración positiva de la piel blanca, en una sociedad donde predominan pieles más oscuras. La identificación de pieles blancas con personas de clase alta y de las pieles oscuras con grupos subalternos, como los esclavos, sigue existiendo hoy en día.

O imágenes vinculadas a la cultura de masas y a valores estéticos de moda, como se aprecia en estos productos de aceites para fortalecer nalgas y pechos, vendidas en una herboristería, junto a otros fórmulas más antiguas del recetario marroquí.

«Inflate huile» para pechos y nalgas.

Ghasul para máscara facial blanca.

Si estas tiendas perviven es porque existe una demanda social para curar enfermedades del cuerpo y aflicciones del espíritu. El recetario marroquí cubre prácticamente todas las dolencias y es más barato que la industria farmacéutica. Al igual que en otras zonas del mundo, el monopolio de determinadas empresas químicas multinacionales en este sector ha producido una enorme inflación de los precios de los productos farmacéuticos recomendados por la biomedicina, inalcanzables o de difícil obtención para una gran parte de la población marroquí. Recuerdo a lo largo de estos años haber asistido a situaciones dramáticas de familias modestas que debían gastar cantidades ingentes de dinero en las farmacias, para solucionar problemas de salud fácilmente curables, ya que la seguridad social no cubre la mayoría de servicios y productos. En una sociedad con grandes desigualdades de clase y de género, las aflicciones llamadas espirituales son signo también de aquellos conflictos sociales. Con el crecimiento del islam ortodoxo y reformista, la población marroquí adopta fórmulas consideradas más ortodoxas como la «medicina islámica» y la ruqya (recitación coránica); pero muchas personas, especialmente mujeres, continúan asistiendo también a santuarios y a terapias mágico-religiosas para solucionar crisis personales que el sistema biomédico no puede resolver, o al que no tienen acceso. Estas demandas se van adaptando también a los nuevos tiempos, a una sociedad en continuo movimiento. Y pese a todo tipo de presiones, desde la retórica científica de la biomedicina y las nociones de progreso o los nuevos estándares de las ortodoxias islamistas, que acusan de superchería a cualquier práctica desviada, los problemas de la gente siguen ahí. Y por eso, el herborista les da respuesta desde muy diversas vías, donde cada cual confecciona su bandeja de soluciones e ingredientes: como en estas ofrendas animales, vegetales y minerales a ‘Aicha Qandicha en el poblado de Sidi ‘Ali ben Hamduch, lugar fundacional de la cofradía Hamduchiya. Y que sepan los escépticos, que muchas de las personas que acuden a estos lugares son conscientes de que la biomedicina les puede curar. Pero, por si acaso, mejor que ‘Aicha Qandicha esté de su lado.

Tenderetes y bandejas de ofrendas en el pueblo de Sidi Ali. Fotos: Alex Moreno.

Josep Lluís Mateo Dieste
Departamento de Antropología Social y Cultural de la Universidad Autónoma de Barcelona

2019-08-01T10:48:17+00:00