Rutas Marruecas

Hammam o el reino de los cuerpos desnudos

Sonia Gámez | 8 septiembre 2019

Si has viajado alguna vez a Marruecos seguro que has sentido la curiosidad o el deseo de entrar a un baño público. También es seguro, que la visión occidental que subyace en la imaginación de muchos turistas nada tiene que ver con la realidad de estos espacios. Muchos de los elementos imaginados como parte del hammam (masajes sensuales, piscinas de agua, aceites, etc.), no existen en los austeros y tradicionales hammams de barrio. Un masaje tipo relajación nunca ha formado parte de la tradición del hammam pero sí lo ha hecho la exfoliación de la piel y el lavado profundo de cabeza y cuerpo. Los hombres que acuden al baño pueden hacer uso de un asistente que le estira y manipula el cuerpo a modo similar de un tratamiento quiropráctico, una realidad muy distinta a la imaginada. Por su parte, algunas mujeres después del parto, dejan que las empleadas del baño manipulen su útero para recolocarlo de nuevo y volver a su vida normal, pero nada parecido a un masaje sensual con aceites esenciales.

Es comprensible la visión fascinante occidental de las mujeres islámicas en los baños públicos de Marruecos. El espacio ha sido altamente erotizado y sobrevalorado sexualmente, incluso, algunos autores lo han descrito como un ambiente uterino, precisamente por esa combinación de oscuridad, calor y humedad que lo caracteriza. El arte y la literatura han proporcionado a Occidente, inconscientemente, una representación del hammam como un lugar donde las mujeres se involucran con su lado más sensual y sexual, por tratarse de un espacio de libertad ajeno a las limitaciones de la vida cotidiana. En contraste con los textos y pinturas orientalistas, el hammam tradicional marroquí es decididamente poco atractivo y poco glamuroso, pues representa un espacio bastante rústico, sobrio e incluso estéticamente plano, donde muchas mujeres, a veces, realizan un trabajo agotador lavando a sus hijos o a otros miembros de la familia.

 

Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867) y Jean-Léon Gérôme (1824-1904) reflejaron en sus pinturas una realidad distorsionada para mostrar la sofisticación de Oriente.

La tradición milenaria del hammam ha prevalecido a lo largo de los siglos para formar parte integral de la memoria colectiva de los marroquíes. En Marruecos, es una estructura pública de varias habitaciones destinada a ser un espacio comunitario para limpiar el cuerpo con vapor y agua caliente. Antes de la ocupación francesa de Marruecos, cada barrio de las antiguas medinas tenía su propio hammam. Aunque algunas casas, las más refinadas, tenían pozos o fuentes de agua, ninguna tenía agua corriente o instalaciones de baños, salvo los palacios reales o las residencias de los bajás. Las fuentes comunales del vecindario abastecían de agua para la limpieza básica o cocinar, entonces, la visita semanal al hammam se convirtió en un ritual corporal y espiritual indispensable para que cada persona purificara su cuerpo y su alma. Esta tradición continúa en muchos lugares del Marruecos actual, incluso en las áreas urbanas donde ya existen las cañerías modernas, los calentadores de agua, las duchas y bañeras. Sin embargo, la mayoría de las personas no consideran que el resultado de bañarse en casa sea realmente «limpio», la ducha se considera superficial e insatisfactoria. El jabón y el agua son solo una fracción de lo que constituye la limpieza: abrir los poros con calor, exfoliar la piel y pasar a un estado de relajación profunda son obligatorios para el ritual.

Si estás decidido a tener una experiencia en un hammam marroquí, lo primero que debes saber es que hay baños para hombres y para mujeres. En muchas ocasiones, el mismo baño es compartido por ambos sexos en distintos momentos del día, generalmente, temprano en la mañana y tarde en la noche está reservado para los hombres; el resto del día, el territorio es femenino. Los hammams tradicionales siempre suelen mantener estos tiempos. Los hombre acuden principalmente los jueves, el viernes es el día de rezo en la mezquita y realizan este baño previo al día sagrado. Las mujeres, sin embargo, acuden indistintamente unos días u otros. Yo prefiero ir siempre un día entre semana, ya que los fines de semana suelen estar mucho más concurridos.

 

Carteles junto a la entrada de los hammams marroquíes.

El hammam tradicional no es fácil de localizar, a veces, no siempre existe un cartel o letrero que lo identifique y permanece discreto en cualquier calle del vecindario. Sin embargo, nos puede dar una pista la acumulación de madera junto a la puerta, combustible esencial para las calderas. Si ya lo has identificado, te vas a encontrar frente a una puerta que, habitualmente, está protegida por una cortina, todas las medidas son pocas para evitar las miradas externas, sobre todo, si estamos en  horario de las mujeres. Al entrar veremos a una mujer (si fuese el horario de hombres, sería un hombre) que se encarga de cobrar la entrada o de proporcionarte lo que necesites (vender el jabón, guante, henna, etc.). A veces, el pago se hace al final del baño, una cantidad que puede incrementar según los servicios que hayas solicitado (si te haces la exfoliación, si has comprado jabón, si te han lavado el pelo, etc.). Yo suelo pagar 15 dirhams (casi 1,5 €) por la entrada, pero pueden ser más baratos (8 o 10 dirhams) o bastante más caros, 30 o 50 dirhams (casi 3 € o 5 €), estos precios corresponden a establecimientos con mejores servicios y condiciones. Este pago cubre los gastos de la persona que vigila el guardarropa o se hace cargo de tus objetos personales.

La primera sala del hammam puede ser la misma que la del guardarropa, según la estructura del baño. Suele ser de gran tamaño y está rodeada de bancos y percheros donde dejaremos nuestras cosas después de desnudarnos. En esta sala preparamos lo que vamos a necesitar, yo suelo llevar una bolsita de tela con mi guante, la piedra pómez, una cuchilla y, a veces, alguna crema exfoliante para la cara. En muchos baños está prohibido entrar desnudas y suele haber un cartel que lo anuncia en el guardarropa, en otros es indiferente. La mayoría de las personas que acuden al baño se dejan la parte de abajo de la ropa interior (sobre todo los hombres, que nunca se desnudan totalmente), yo suelo entrar con la parte de abajo de un bikini. Antes de entrar la mujer encargada me hace entrega de dos grandes cubos de plástico y una esterilla o un pequeño banquito también de plástico. En algunos baños se puede contratar los servicios de otra persona para que te ayude a acarrear con los cubos o al baño en general.

El hammam, habitualmente, consta de tres habitaciones que se calientan progresivamente a medida que nos vamos adentrando hacia el interior, esta última sala contiene la cisterna de agua, o brma. Las personas se mueven según sus preferencias de unas salas a otras, aunque no suelen permanecer mucho tiempo en la zona más calurosa, sin embargo, a mí es la que más me gusta. El calor del fuego calienta el suelo de los baños y el agua. Los suelos del hammam suelen ser de piedra dura con gruesas capas de sal debajo para mantener el calor. Al entrar percibes el aire cargado de humedad y vapor y va en aumento según te adentras. En las habitaciones más frías, las que están más cerca de la entrada, la apertura y el cierre de la puerta permiten la circulación del aire y la bajada de temperaturas. La zona de los servicios suele estar antes de acceder a la primera sala del baño, que permanece al otro lado de una enorme puerta que preserva el calor del exterior. Esta primera habitación es la menos calurosa y en ella permanecen más tiempo muchas mujeres de edad avanzada y los niños pequeños, más vulnerables a las altas temperaturas.

La segunda habitación suele ser la más concurrida ya que mantiene una temperatura bastante tolerable para todos los usuarios, por este motivo, es el lugar idóneo para realizar el ritual del baño. Cuando llegas a la sala, echas un vistazo para buscar tu rincón, el lugar donde vas a permanecer durante tu estancia, casi todas las mujeres lo hacen en esta sala, sentadas en sus alfombrillas y delimitando su espacio con los cubos. Algunas, previamente, pasan un rato en la tercera sala, la más caliente, con el fin de dilatar sus poros antes de proceder a la exfoliación.

Hammam adosado a la mezquita, un baño público al que acudo todas las semanas.

La madera apilada en la puerta a veces nos permite identificar el discreto hammam.

¿En qué consiste, entonces, el ritual del hammam? Pues en una serie de pasos que se realizan ordenadamente para ser receptora de las numerosas virtudes que el baño te ofrece: es relajante, terapéutico e higiénico, capaz de curar múltiples dolencias debido a la intensa sudoración que favorece la eliminación de toxinas. Esta última es una de las principales razones por las que yo acudo semanalmente al hammam. Por ello, como soy una usuaria habitual, me gustaría narrar aquí mi propio ritual que, a decir verdad, no difiere mucho del resto de mujeres. Yo comienzo en la tercera sala, la más caliente y, por ser mujer, este post estará enfocado a la actividad de los baños femeninos.

Llegar a la penumbra de la sala más calurosa siempre me produce una enorme serenidad, la oquedad del baño genera unos sonidos profundos y lejanos que se inmiscuyen en el silencio de la estancia. Me gusta permanecer en esta sala, sobre todo, cuanto me encuentro completamente sola, hace que me sienta alejada del mundo y del paso del tiempo, nada importa en esos instantes, no hay prisa, nadie te espera. Para empezar, lleno mis cubos de agua caliente para verterlos sobre el lugar donde voy a colocar mi esterilla, así evito el contacto con posibles contagios. Aunque no siempre, a veces, en el suelo del hammam pueden quedar restos de piel muerta junto con mechones de pelo, envolturas de jabón y otros residuos de los personas que han pasado antes por allí. Una vez desinfectada la zona, dejo los cubos llenos a mi lado delimitando un espacio solo para mí, una frontera invisible entre los cuerpos desnudos. A veces, no es necesario, me encuentro completamente sola, y es un verdadero placer.

El ritual comienza con el agua caliente que dejas caer sobre tu cuerpo, con unos cacitos de plástico tomas el agua de los cubos con el fin de humedecer más, si cabe, la piel. Seguidamente, comienzo a untar y frotar todo mi cuerpo con un jabón natural, una pasta oscura y suave que tiene como función eliminar la grasa de la piel y facilitar la exfoliación. En este momento, muchas mujeres ponen sobre su pelo el gasul, un champú natural muy apreciado elaborado a base de arcilla, pero yo no suelo lavar mi pelo en el hammam, prefiero concentrarme en la piel. Una vez has embadurnado todo tu cuerpo con la pasta de jabón, que previamente has comprado a la entrada del hammam, lo eliminas con jarros de agua caliente. La exfoliación no suelo hacérmela yo misma, prefiero que sea la tayaba, la mujer encargada de hacerlo, la que exfolie minuciosamente todo mi cuerpo, eliminando las células muertas de la piel. Si algún día no recurres a las empleadas del baño, puedes pedirle a cualquiera de las usuarias que te ayude a pasar el guante por la espalda, es algo muy habitual en los baños públicos, nadie puede alcanzar su propia espalda para dedicarle la atención necesaria, por lo que requerir la ayuda de un extraño en el hammam es perfectamente aceptable. Las sensaciones que experimentas cuando las manos expertas de la tayaba te exfolia son infinitas, para mí se ha convertido en el momento más placentero de mi visita al hammam. Si tu cuerpo no se ha exfoliado regularmente, la capa superior de la piel se desprenderá en largas y delgadas láminas de piel oscura y sucia.

A partir de aquí, las mujeres pasan a numerosos procedimientos de lavado con distintos jabones y productos de belleza tradicionales que, a veces, preparan en casa con antiguas recetas pasadas ​​de madres a hijas. Por último viene el lavado del cabello, algo que aún no he experimentado. Yo, para finalizar, dejo caer varios jarros de agua sobre el cuerpo que, en mi caso, voy enfriando gradualmente hasta acabar con un remojón de agua completamente fría. Una vez he acabado salgo de nuevo al guardarropas para vestirme y volver a salir al mundo exterior, pero antes debes pagar los servicios que hayas requerido.

A lo largo del día podrás experimentar los numerosos beneficios del hammam: proporciona descanso, restaura el cuerpo cansado y te aporta bienestar, también relaja tu mente estresada. Podríamos decir, sin estar equivocados, que este baño calma el alma y libera el espíritu. Por lo tanto, el hammam es considerado el mejor remedio, tanto preventivo como curativo, para eliminar los humores del cuerpo y la contaminación de la actividad urbana.

En algunos lugares existe la tradición de dar un último paso antes de cruzar el umbral hacia el mundo exterior, con el fin de transferir el estado sagrado del cuerpo purificado al espacio público. Consiste en lavarse los pies en un tazón pequeño de agua antes de ponerte los zapatos y volver a las calles de la ciudad. Este último paso crea un puente ritual mitigante entre lo sagrado y lo profano antes de cruzar el umbral hacia el mundo de las tentaciones y el caos. De esta manera, la práctica corporal del hammam no quedará solo limitada a la trascendencia subjetiva individual y a la pureza, ya que el cuerpo tiene el potencial de interactuar no solo con otros cuerpos sociales, sino también con el entorno material inmediato.

Hammam de mujeres. Dibujo de Mohamed Ben Allal.

Dibujo de Kotiba Mohamed.

Pasta de jabón natural.

Los magrebíes consideran el hammam como una especificidad de su cultura, es decir, creen que esta tradición del baño público es invención de la civilización musulmana, sin embargo, no es así. Este error puede estar justificado porque se trata de una práctica reinventada donde el verdadero origen ha sido olvidado o borrado. Ajeno al mundo y al espíritu del Islam primitivo, que desconfía de este ante la sospecha de tratarse de un lugar de perdición y libertinaje, el baño público se impuso desde finales del siglo VII en el imperio musulmán como una manifestación de su arte de vivir. Sin embargo, el hammam había sido heredado de los romanos y su sistema de hipocausto (calefacción del suelo) utilizado en las termas de la Roma imperial. Más tarde, sería reinventado en Damasco y Estambul por las élites musulmanas, una práctica reconfigurada en el Magreb y que apenas será alterada por la colonización, manteniéndose intacta hasta principios del siglo XX. Este espacio esencial para la relajación acompaña los ritmos del día y las etapas de la vida de los magrebíes para adaptarse de manera discreta al desafío de la modernidad.

El hammam se extendió al mundo rural entre las décadas de 1930 y 1970, un proceso en el que amplía su gama de servicios, se apropia de los objetos de moda, resiste el modelo europeo de baño y la reacción fundamentalista puritana en el Islam. En este tiempo, retrocede en Túnez y permanece en Argelia y Marruecos más vivo que nunca. Y así, el hammam está presente en todo el islam mediterráneo adaptándose a los marcos geográficos, históricos y antropológicos de las sociedades locales. Aunque su estructura y funciones son más o menos comunes, evoluciona en todas partes a su propio ritmo en un continuo muy amplio de relaciones con el cuerpo y el agua.

En el siglo XIX, en vísperas de la intervención colonial, el hammam permaneció en todo el Magreb como un lugar popular de las ciudades que iba a definir la cultura urbana. Y así es en la actualidad, a pesar de los importantes cambios que afectan a su estructura y usos. Pero, si el hammam ha resistido a la modernidad en el norte de África, sobre todo en Argelia y Marruecos, es porque ha conservado una multifuncionalidad muy antigua: la de lugar de alojamiento de aquellas personas que pasaban por la ciudad y no conseguían un hueco en el fondak, así fueron clientes habituales los comerciantes, los trabajadores temporeros o los campesinos que no podían ir y venir a la ciudad en el mismo día, una función desarrollada a lo largo de todo el siglo XVIII que ha servido para mantener el papel fundamental que juega el hammam en la sociedad marroquí de hoy.

Hammam Cemberlitas, Estambul.

Hammam de la mezquita de Soleymaniye, Estambul.

Antes de acabar me gustaría dedicarle un espacio a las personas que hacen posible el funcionamiento del baño público y actúan como fuente de conocimiento sobre la vida dinámica de los individuos dentro de la comunidad.

En Marruecos, los trabajadores del hammam, los farnatchi, las tayabat y los kiyasa (equivalente masculino de las tayabat), representan una clase socioeconómica en dificultades, cuyos trabajos están interrelacionados conceptual y espacialmente. Sus tareas también dependen de la generosidad de la comunidad, ya que suelen estar mal pagados. A veces, reciben propinas de cantidades fluctuantes, así como obsequios y ofrendas de las familias con las que interactúan regularmente. Los trabajadores del hammam se han convertido en los verdaderos receptores de sacrificios y ofrendas al mundo espiritual, como agradecimiento por la protección y también como un esfuerzo por aplacar los efectos negativos de estas fuerzas. Esto se debe a que la adopción del hammam por el Islam corresponde a los preceptos relacionados con el acercamiento a dios, de ahí la proximidad de los baños a las mezquitas, y el deber de realizar las abluciones antes de la oración. Pero el baño no solo es el lugar de las abluciones sino también el de los yennun o genios (de los que ya hablaremos en nuestro blog), lo que dio lugar a supersticiones fuera de la estricta ortodoxia islámica. Por ello, existe la tradición de quemar incienso y encender velas en el hammam, acciones que tienen la finalidad de controlar a los genios.

Los empleados del hammam se ocupan de categorías sensibles de cuidado y tratamiento de los usuarios, es decir, de los rituales del cuerpo en los distintos ritos de paso de la vida de un marroquí: bodas, post parto, preparación para la oración, etc. Las trabajadoras del hammam vigilan la vida del baño, aseguran su funcionalidad, limpieza y equilibrio social. Son contratadas para satisfacer las necesidades y las demandas de cada uno de los asistentes al baño, llevan y traen cubos cargados de agua, son las encargadas de exfoliar la piel de todo el cuerpo, y actúan de enlace entre los farnatchi (el hombre encargado de alimentar y vigilar el fuego), y los usuarios del hammam. El agua se calienta bajo el suelo del hammam junto a un fuego. El farnatchi prende el fuego y libera agua según sea necesario en la gran cisterna en la cámara más caliente. Todo apunta, según algunos testimonios, a que los farnatchis y las tayabat a menudo protagonizan enredos románticos entre ellos, debido a las relaciones de proximidad que se establecen en su trabajo coordinado diario.

Si el gerente es el dueño del baño, el masajista es el dueño del cuerpo. Este último, tradicionalmente, ha sido un verdadero especialista, poseedor de un conocimiento que le atribuye su edad avanzada y su propia experiencia adquirida durante años de prácticas. Sin embargo, este saber, muy probablemente, fue heredado de otro hombre sabedor de este arte antes que él. La reputación del baño depende mucho de las cualidades y el arte del masajista, por ello, suele estar mejor pagado que el resto de sus compañeros. Es sobre todo Marruecos, el país que mejor ha conservado la tradición del conocimiento empírico ancestral.

Farnatchi. Fotografía de Gerry Kerr.

Todos estos servicios que forman parte de la vida de los marroquíes refuerzan aún más la funcionalidad del lugar. Son muchos los ejemplos que ilustran la importancia social del hammam. Es aquí donde circulan mejor las noticias, sobre todo entre las mujeres, convirtiendo el hammam en un lugar de debate, como sucede en otros espacios de orden simbólico (como la tumba de un santo o morabito). Es un lugar de sociabilidad femenina, de convivencia entre ellas y de aproximación al vecindario. Algunos estudios han definido la reunión en el baño, fuera del contexto doméstico, como la construcción de una especie de colectivo femenino privado, en lugar de un espacio público cuya naturaleza sigue siendo masculina.

Las mujeres cuando están menstruando no acuden al baño público, ya que tal situación, en el Islam y en Marruecos, las sitúa en un estado de impureza ritual. Una vez finalizado su período, la mujer debe participar en un baño ritual antes de poder rezar o participar en otras prácticas religiosas públicas, como el ayuno.

También el hammam es una especie de agencia matrimonial, pero también un lugar ceremonial y festivo, sin el cual el matrimonio y el nacimiento no pueden socializarse por completo. Aunque también el ritual del matrimonio es para los hombres, el baño es aún más esencial para las mujeres, porque combina pureza, fertilidad y festividad, intensificando la felicidad de la feminidad.

Ilustraciones muy diferentes sobre las mujeres en el hammam.

Dibujo de Florence Miaihe.

Hubo un tiempo en que en Marruecos solo había un hammam por cada vecindario y todos los vecinos acudían allí. En la actualidad, el hammam tradicional ya no es prestigioso, ya que está considerado, principalmente, para uso de personas pobres. Esto se debe a que, a partir de los años 90, comenzaron a surgir nuevos tipos de baños públicos: el hammam tipo spa para la nueva población de marroquíes urbanos de clase media/alta y el hammam de estilo «auténtico», pero sin serlo, para los turistas. Espacios exclusivos con piscinas de inmersión, salas de ejercicios y servicios de salón. Las camas elevadas para el masaje y la exfoliación permiten más espacio personal y una mayor privacidad para los visitantes, que pueden sentirse molestos al compartir el espacio en el suelo con otras mujeres desnudas. Las cámaras del hammam del spa son a menudo más pequeñas y los usuarios tienen habitaciones y duchas privadas. El hammam de estilo turístico es mucho más caro que el hammam sha’abi o popular local, por lo que la mayoría de los marroquíes locales lo evitan, sin embargo, hay evidencias de que cada vez más personas optan por el baño de estilo occidental con espacios privados para el lavado. Cada vez hay más hammams «modernizados» disponibles, que reemplazan a los hammams tradicionales.

Los hammams turísticos van desde ostentosos hasta elegantes, pero pocos tienen el plano de planta tradicional con las tres habitaciones y el sistema de calefacción hipocausto. A menudo, el espacio arquitectónico de un hammam precolonial se renueva y las habitaciones se reorganizan y reutilizan para satisfacer las expectativas y deseos de los turistas. En muchos de los hammams turísticos, objetos decorativos y funcionales marroquíes hechos a mano adornan las paredes, mesas y suelos. Alfombras, tazas de té, teteras, cerámica son estratégicamente colocados para provocar un efecto auténtico, pero a menudo también se agregan algunos elementos exóticos u orientalistas: cortinas brillantes, velas encendidas y pétalos de rosa. En realidad, el vapor se canaliza a la sauna y a las salas de masaje abiertas con una pequeña máquina de vapor, ya que no hay caldera o brma ni depósito de agua caliente, entonces, en muy pocos de estos hammams turísticos encontramos la figura del farnatchi, ya que el agua se calienta con gas y no con madera.

Si, finalmente, te has decidido por alguno de estos «nuevos hammams», no podrás decir que has tenido una verdadera experiencias en un baño público tradicional popular y, además, habrás pagado una buena suma de dinero en comparación con un auténtico hammam popular de barrio.

Hammams para turistas.

2019-09-08T23:43:40+01:00