Rutas Marruecas

El paisaje encantado de Jean Verame

Sonia Gámez | febrero 2019

Cuando iniciamos nuestro primer viaje al corazón del Anti Atlas descubrimos un espacio geológico muy atractivo, quizá, uno de los más interesantes de Marruecos. Aquí se asienta la ciudad de Tafraoute, a 1200 metros de altitud, en un paraje favorecido por las formaciones rocosas del circo de granito que la rodea. Originalmente, esta pequeña localidad y su entorno pertenecía a la tribu de los Ameln, conocidos en todo el país por sus actividades comerciales en la mercadería de especias. Actualmente, Tafraoute se ha convertido en un centro de manufactura de babuchas, donde multitud de artesanos confeccionan con cuero natural una gran variedad de modelos del calzado típico marroquí. Pero no llegamos hasta aquí atraídos por la producción artesanal de Tafraoute, sino siguiendo la pista de un obra artística de colosales dimensiones en plena naturaleza realizada en los años ochenta.

A pesar de la placentera acogida que nos procuró la villa, pronto nos encontramos en el camino hacia las enigmáticas piedras pintadas. Aquel verano la calima del desierto envolvía de un amarillento plomizo prácticamente todo, pronunciando, si cabe, la extrañeza de aquel paraje compuesto por enormes bloques azul-celeste, fusionados con rosas estridentes y ácidos naranjas. Muchas de las rocas se agrupan amontonadas y en un solo color, otras aisladas, ciclópeas, redondeadas y hermosas sobre el paisaje arenoso y tranquilo. Aquel escenario camuflado en la niebla árida del Sahara me conmovió y me hizo pensar en las motivaciones del autor. Nada sabía entonces de Jean Verame, el artista belga que en 1984 llegó al pueblo de Aguerd Oudad y engalanó de colores esta parte de la región de Aoussift, un desierto conocido por sus gigantescos bloques de granito salpicado por árboles frutales, almendros, arganes e higueras.

De lo que no hay duda, y sin adentrarnos en debates éticos, es de la belleza hipnótica que transfiere este mundo encantado, creado para el deleite de todos, por Jean Verame, sin saber muy bien el cómo y el por qué de las circunstancias que provocaron tal enajenación artística.

No fueron estas las únicas rocas pintadas de Jean Verame, en 1978 ya había desplazado y erguido diecisiete piedras marcadas en azul en el Cañón Amarillo, en Texas. Un año después, pintaría con signos siete piedras monumentales graníticas para erguirlas en una pradera en Normandía. Pero la obra que mayor trascendencia tuvo en la carrera del artista fue el Desierto Azul, realizada en Egipto entre 1980 y 1981, en la Meseta de Halaui, en el desierto del Sinaí, una obra de doce zonas repartidas sobre 80 km2 e inspirada en el tratado de paz entre Egipto e Israel. Podemos decir que Jean Verame es uno de esos artistas que necesitan un lienzo a escala de paisaje. Su atracción por la naturaleza lo llevó a dejar su impronta en playas, cañones, montañas o desiertos, una firma desproporcionada en un paisaje sin fin.

Aunque podríamos continuar detallando las rocas coloreadas del Anti Atlas, al lector le gustará saber que existen otros lugares interesantes si decide viajar hasta este lugar. Un poco más hacia el norte de la obra de Verame se encuentra el valle de Ameln, un campo fértil salpicado de olivos, almendros y árboles frutales, rodeado por la cadena montañosa del Jbel Lekst, en cuyas laderas se hallan numerosas aldeas amaziges. Taghdicthe es el pueblo más elevado del sitio y punto de partida para ascender al Jbel Lekst.

Desde Tafraoute es posible realizar una excursión al oasis de Afella Ighir, un lugar con abundante agua, atestado de huertos, palmeras y almendros que se aferran a las paredes de granito, un verdadero vergel donde el tiempo se transforma y se impone la calma.

Cuando nos aproximamos a Tafraoute desde Agadir el camino se va transformando a través de la llanura agrícola del río Sous que, de menor interés al principio, irá captando la atención del viajero al adentrarse en la estribaciones del Anti Atlas. El recorrido por valles y laderas cubiertas de arganes, en un entorno casi desértico y moteado de aduares tradicionales, algunos de ellos abandonados, nos descubre uno de los pueblos más atractivos del trayecto, Tizourgane, a 115 kilómetros de Agadir en dirección a Tafraoute, situado en la cima de un cerro imponente al que se accede en un recorrido a pie a través de una erguida escalera junto a la muralla.

Cuando has decidido llegar hasta Tafraoute y deseas continuar el viaje, una de las opciones es abandonar el interior y asomarse a la costa atlántica, donde la brisa marina humedece el aire cálido del desierto. Descubrir Sidi Ifni es una opción muy recomendable, sin embargo, sobre sus inmensas playas y sus acantilados os contaré más adelante.

2019-04-11T17:33:56+00:00